|
I.-
Presento ante los miembros de este Honorable Consejo
Universitario la propuesta de designar con el nombre de
Pedro Mir Valentín a la Nueva Biblioteca Central de la UASD.
II.-
Deposito aquí, en anexo a estas breves notas, copia del
expediente del académico Pedro Mir Valentín y un resumen de
sus principales pasos por la carrera académica de la UASD.
Pedro Mir
Valentín le dedicó sus mejores y más productivos años a la
Universidad Autónoma de Santo Domingo. Aunque su nombre está
indisolublemente ligado a la UASD, aun no ha recibido el
reconocimiento merecido de inmortalizar su nombre
colocándolo en una de las obras más significativas de
nuestra Alma Máter.
III.-
Sobran razones para realizar una propuesta como la que aquí
presentamos, no obstante, quisiéramos que ustedes me
permitieran leer las motivaciones elaboradas y formuladas en
otro contexto, por otra persona que por razones de fuerza
mayor no puede estar presente hoy aquí:
Pedro Mir,
“El poeta
social dominicano”.
“Si la
vida de un poeta se inicia en realidad, no cuando nace sino
cuando se publican por primera vez algunos de sus versos, la
de Pedro Mir comienza al terminar el año 1937, para ser más
preciso, el 19 de diciembre de ese año, día en que en la
página literaria del Listín Diario aparecieron tres poemas
titulados A la carta que no ha de venir, Catorce versos y
Abulia.
En ese
momento Pedro Mir se encaminaba hacia sus veinticinco años,
pues había nacido el 3 de junio de 1913, en San Pedro de
Macorís, que era el punto de la República Dominicana en que
podían apreciarse a simple vista, manifestaciones de
desarrollo capitalista en su etapa industrial, porque la
ciudad estaba rodeada de ingenios de azúcar que habían
empezado a instalarse allí desde 1979, año en que empezó a
moler el Angelina, que fundó Juan Amechazurra, cubano, de
los que habían abandonado su tierra a causa de la guerra
llamada de los Diez Años. Treinta y cuatro años después, al
nacer Pedro Mir, su padre, el cubano Pedro Mir, trabajaba en
uno de los ingenios que circundaban la ciudad
petromacorisana, y es en la presencia de esos ingenios
azucareros que poblaban con su chimeneas humeantes y sus
campos de caña sus años infantiles, done hay que buscar las
raíces de la poesía social del autor de Hay un país en el
mundo.
Los
ingenios no eran nada más que chimeneas coronadas de humo y
campos de caña por cuyos caminos rodaban con dolorosa
lentitud las carretas cargadas de la dulce gramínea. Por si
solos, esos caminos tenían que impresionar a un niño que
había traído al mundo ojos para ver y oídos para oír el
dolor desde muy temprano, el dolor de los boyeros
harapientos que acompañaban a las carretas y se movían al
compás de ellas amasando el barro de los caminos con los
pies descalzos, y el dolor de los bueyes que mugían de
manera desesperada cuando los boyeros les clavaban las
puntas de hierro de las largas garrochas, instrumentos de
tortura a los cuales Pedro Mir aludirá en el primero de los
tres poemas publicados en el Listín Diario.
En ese
poema Mir identifica al país con el guarapo de la caña, ese
jugo que sube por el tallo de la noble gramínea, e
identifica a la caña, el fruto de la cual será el azúcar,
con el sufrimiento de los que trabajan en producirla, sean
hombres, sean bueyes, y lo hace desde el primer verso, en el
que pide
“Tráeme el sabor ardiente de la tierra
Que vierte
en guarapo.
¡Sangre de
espalda en tormento!...
…Tráeme el
trajín de la zafra…
…Tráeme el
rumor del molino…”
El molino
es el conjunto de grandes cilindros dentados de acero que se
mueven encajados unos en otros en direcciones opuestas y
muelen con el peso de sus masas la caña que va llegando al
ingenio, y el ingenio, máquina de varios departamentos o
secciones, lleva en los primeros versos de Pedro Mir, y
sobre todo en ése de que estamos hablando, el vetusto nombre
de trapiche.
El tema
del sufrimiento del trabajador azucarero y con él el de los
bueyes que cargaban sobre sus patas, al cabo de cada zofra,
miles y miles de toneladas de caña, aparece en ese primer
poema de Pedro Mir dicho de esta manera:
“…la loma baja un triunfo de esmeralda,
Un triunfo de sudores,
Un triunfo de trabajo…
…la baba fecundante de la junta
Urgida de garrochas,
Torturada de sangre.
¡Hay que llegar al trapiche
Antes que el sol levante!”
Me detengo
en ese primer poema de Mir porque quiero que el lector se
haga consciente de que la preocupación social del poeta no
es una máscara con la cual sale por esos mundos a estrenar
una moda. Es auténtica y la lleva en la entraña como lleva
el animal su sangre, ese líquido de cuya existencia depende
de la vida, es tan auténtica que la extiende del hombre –el
que trabajo, no cualquier hombre- al buey, el que atado a un
compañero forma la yunta, ésa que fecunda la tierra con su
baba, palabra que en el poema de Pedro Mir adquiere una
dignidad insospechada, absolutamente nueva.
Cuando
doce años después Pedro Mir escriba Hay un país en el
mundo, retornará a su punto de partida y en la primera
estrofa dirá que ese país al que alude en el título, el
suyo, el territorio donde “!Hay que llegar al trapiche antes
que el sol levante!”, está “Colocado en un inverosímil
archipiélago de azúcar y de alcohol”. El ingenio
azucarero de sus años infantiles está ahí, en esa azúcar y
ese alcohol, y con el ingenio está la explotación de los que
siembran y cortan y acarrean la caña y convierten su jugo en
azúcar, pero está también la explotación de ese país suyo en
el que habita un pueblo “Sencillamente triste y oprimido”.
Pero el
lector debe tener presente que entre A la carta que no ha de
venir, el primero de los poemas de Pedro Mir, y Hay un país
en el mundo, que escribirá en Cuba, en los primeros meses de
1949, hay expresiones de poesía social que no tienen
relación con los ingenios de azúcar y sus trabajadores, y
escribir versos que llevaran en su música mensajes sociales
no era tarea fácil en la República Dominicana de Trujillo,
sobre todo, cuando esos mensajes sociales se confundían con
los de carácter político, aunque éstos fueran encubiertos,
según se advierte en Poema del llanto trigueño, entre cuyos
versos estallan exclamaciones como ésta: “…y
dondequiera, ordeñada como una vaca mi tierra!”. El
ordeñador era Trujillo, que además de jefe militar y jefe
político del país había usado esa doble jefatura para
convertirse también en su jefe económico, en monopolizador
de todo lo que podía producir riqueza.
Pedro Mir
consiguió salir de la República Dominicana a mediados de
1947, casi diez años después de haberse publicado por vez
primera versos suyos. Iba a Cuba, donde al llegar encontró
que los exiliados dominicanos de la región del Caribe y de
Estados Unidos estaban reuniéndose en Cayo confites, un
islote situado sobre la costa norte de la isla, para
organizrse en una fuerza de combate destinada a hacerle la
guerra a Trujillo, y el poeta fue a dar a Cayo Confites.
Los expedicionarios de Cayo Confites fueron apresados en el
Canal de los Vientos por la marina cubana, los que habían
llegado a Cuba desde Puerto Rico, Venezuela, Nueva York,
retornaron a sus lugares de origen, pero el poeta Pedro Mir
no podía volver a la República Dominicana a menos que
quisiera consumir el resto de su vida en una cárcel, y pasó
a figurar en la lista de los exiliados dominicanos que
vivían en Cuba.
Para un
poeta que llevaba en el alma una carga emocional que brotaba
de la situación de su pueblo, de la explotación de los
trabajadores y de la tierra que fecundaban en su esfuerzo el
exilio iba a tener un poder transformador parecido al que
tienen los toneles en que se añejan los vinos, lo tendrían
por dos motivos, porque en aquel en quien se reflejan los
dolores colectivos, esos dolores se concentran y se subliman
con la distancia y el tiempo, y si quien los padece en un
poeta, de ellos se alimenta la mejor poesía, sobre todo si
el nuevo medio en que se ha situado el poeta es como era
Cuba, al mediar el siglo, en comparación con la República
Dominicana. El desarrollo cubano superaba en todos los
órdenes el de nuestro país, y el lector debe tener presente
que en 1949 no había en cuba nadie que pensara siquiera en
la posibilidad de que Fulgencio Batista volviera al poder, y
mucho menos mediante un golpe de Estado, y fue al comenzar
el año 1949 cuando Pedro Mir escribió Hay un país en el
mundo, sobre el cual el poeta y crítico Angel Augier, de
calidad y seriedad respetables en ambos oficios, escribiría
en los primeros días de junio de ese año, un artículo cuyo
título, a la vez que era una paráfrasis del que llevaba el
poema, daba una definición de la categoría que con él
alcanzaba Pedro Mir. Ese título era Un nuevo poeta en el
mundo.
Hay un
país el mundo se
publicó en La Habana (el colofón dice que terminó de
imprimirse el 5 de mayo de 1949), y fue la primera
publicación individualizada de un poema de Pedro Mir. En el
poema aparece de nuevo el ingenio como sustanciación –porque
no podría decirse personificación- de los peores males
nacionales, pero esta vez toma cuerpo en ese poema una
tendencia que se traslucía en el verso “…la loma baja un
triunfo de esmeralda” de A la carta que no ha de venir.
En su antología de poetas dominicanos publicada en Madrid en
1953 y reeditada en Santo Domingo en 1982, Antonio Fernández
Spencer refiere que “En una conversación que, de modo
incidental, sostuvimos una vez, me confesaba Mir, que si
Rubén Darío estuviese vivo, y su poesía vigente, él se
dedicaría a hacer poemas a la manera del autor de Era un
aire suave”.
¿Qué
aspecto de la poesía de Darío le llamaba la atención a Pedro
Mir?.
Cuando le
hice esa pregunta el autor de Hay un país en el mundo
dijo que la cadencia rítmica del gran poeta nicaragüense, y
agregó: “No olvides que yo era músico”.
Y he aquí
que las palabras usadas no sólo por lo que significan sino
al mismo tiempo por la manera como suenan y la atmósfera que
crean cuando se conjugan su valor objetivo, que es el sonido
y su valor subjetivo, que es su significación, juegan un
papel singular en Hay un país en el mundo y en todo
lo que después de ese poema va a escribir Pedro Mir.
Me
adelanto a decir que no debe confundirse ese uso de las
palabras que hace Pedro Mir con lo que Alfonso Reyes llamó
jitanjáforas, dato que debo a la gentileza del profesor
Abelardo Vicioso, Jitanjáfora, explicó el profesor Vicioso,
quiere decir palabras sin sentido que se combinan con
agradable sonoridad, tal como las combinaba Zacarías
Espinal, de quien recuerdo un verso, uno solo, aquel de
“hierosimilitan su heráldica poyura”
El uso de
los valores musicales de las palabras que son al mismo
tiempo valores conceptuales, pero esto último de manera
independiente dentro del curso de la oración poética, es
característico de la poesía miriana a partir de su poema
Hay un país en el mundo, incluido éste, pero al mismo
tiempo es una superación del uso de la musicalidad propia de
la poesía que hallamos en los versos de Rubén Darío. Pedro
Mir escribe versos que si se aislan de su contexto parecen
violaciones de las reglas gramaticales, y sin embargo esos
dichos que por sí solos no tienen sentido, esas violaciones
de las reglas aportan a su poesía una cualidad reiterativa
tan convincente que el lector no se da cuenta ni de su
carencia de sentido lógico ni de su violación de las reglas
que debe seguir una oración. He aquí una prueba extraída de
Hay un país en el mundo.
“Plumón de
nido nivel de luna
Salud del
oro guitarra abierta
Final de
viaje donde una isla
Los
campesinos no tienen tierra.
Decid al
viento los apellidos
De los
ladrones y las cavernas
Y abrid
los ojos donde un desastre
Los
campesinos no tienen tierra”.
Hay un
país en el mundo es
un poema singular en la historia de la poesía dominicana
porque es una pieza clave en el proceso creador que va
dándose en su autor debido a que en ese poema cristalizan
los jugos ocultos que estaban en forma larvada en sus
facultades poéticas, cristalizan y brotan con tal
naturalidad que quien no haya estudiado de manera acuciosa
la obra anterior a Hay un país en el mundo no puede
relacionar con ella ese poema clave, en cambio el que haya
leído Hay un país en el mundo y lea los poemas que le
han seguido, puede advertir con relativa claridad la forma
en que va avanzando en desarrollo la capacidad el poeta para
usar las palabras por su valores musicales y al mismo tiempo
por sus valores conceptuales, conjugando los dos de manera
tan cabal para crear un clima poético que hace de esa manera
de poetizar una característica definitoria de su obra.
Después de
Hay un país en el mundo, quizá el año o al año y
medio, viviendo todavía en La Habana, Pedro Mir escribe
Contracanto a Walt Whitman, que se editaría en 1952 en
Guatemala, adonde fue el poeta a vivir. Ese Contracanto
está entre las mayores piezas poéticas que se han escrito
en la lengua española. Supera la Oda a Roosevelt de Darío
como supera el Amazonas a los grandes ríos, y todo lo que
seguirá al Contracanto será de calidad extraordinaria porque
las facultades poéticas de Pedro Mir pasaron a señorear la
lengua a partir de Hay un país en el mundo, como si
dijéramos, a partir del momento en que adquirieron la suma
de la libertad que le proporcionó al poeta su exilio.
La obra de
Pedro Mir ha sido corta en términos de cantidad y
extraordinaria en términos de calidad. Esa calidad debió
llevar sus versos a otras lenguas, pero sólo ha sido
traducido y nada más al inglés, el Contrcanto a Walt
Whitman. De haber sido leído en Suecia, Pedro Mir sería
Premio Nobel. Si no lo es, no se debe a que su poesía no
tenga la calidad necesaria para igualar a la de Neruda, se
debe a su condición de dominicano.
Neruda
tenía la dimensión de Chile y Chile tenía tanto peso en el
mundo de la poesía que Gabriela Mistral, chilena y poeta
como Neruda, recibió el Nobel antes que Neruda.
A Neruda
está dedicado el último de los poemas de Pedro Mir. Fue
escrito a finales de 1975, Su autor lo tituló El Huracán
Neruda, y es un huracán de poesía, un huracán que saca de
raíz el corazón de quien lo lea. Si Neruda pudiera volver
a la vida, sólo durante el tiempo indispensable para leer
ese poema, reconociera en Pedro Mir lo que es, uno de los
más altos poetas de la lengua española, y lo juzgaría por la
calidad de su poesía, no por la cantidad de poemas que haya
escrito”.
Honorables
miembros del Consejo Universitario, quien ha hablado así del
Poeta Nacional es quien propone hoy su nombre, para el
principal centro del conocimiento de la UASD: Juan Bosch
Santo
Domingo, 31 de agosto de 1983
Publicado
originalmente en Homenaje a Pedro Mir, ediciones Biblioteca
Nacional, Santo Domingo, 1983. P. 7-13
Reseña la
publicación citada en esta presentación que “Al enviarnos
para su publicación estos hermosos versos, Juan Bosch nos
dice del poeta:
“Aquí
está Pedro Mir. Empieza ahora, y ya se nota la métrica
honda y atormentada en su verso. A mí, con toda
sinceridad, me ha sorprendido. He pensado: ¿Será este
muchacho el esperado poeta social dominicano?”.
De la
página literaria del Listín Diario, en ocasión de publicar
los primeros poemas de Pedro Mir, el 19 de diciembre de
1937. |